Estimado Sr. Lopez,
No nos conocemos, me llamo Paloma Cuervo, y para que me sitúe, soy la mujer del Señor que despidió ayer de su empresa cuando acudía a firmar el contrato de trabajo que habían previamente pactado la semana anterior.
Le escribo esta carta para decirle que ayer cometió un grave error, y a pesar de que ya no tiene remedio, o precisamente por eso, me gustaría explicarle algunas cosas para que al menos conozca la situación tal y como es.
Mi marido es una persona decente y muy competente, que el único delito que cometió hace 8 años, fue participar en un proceso de selección para trabajar en una empresa de comunicación y pasar la prueba. Tenía un puesto de cierta responsabilidad, aunque durante todos los años que estuvo allí se quejaba siempre al volver a casa de que no entendía por qué no le contaban nada los jefes, creía que no confiaban en él y sentía que había tocado techo allí.
Era una empresa seria, aunque la gente no lo crea, y en la que se trabajaba muy bien. Me refiero exclusivamente a los trabajadores que estaban en plantilla, entre los que había un montón de productores, diseñadores gráficos, etc. que organizaban los eventos de manera ejemplar.
Ese empleo le permitió a mi marido hacer las típicas cosas que hace la gente cuando cumple la treintena y empieza a consolidar su carrera profesional: tener hijos, comprarse un coche, un piso, salir de vez en cuando a cenar con los amigos…
El problema es que los dueños de la empresa parece ser que eran unos chorizos, y que resulta que parece que estaban untando a personajes políticos, lo cual, si es cierto, es asquerosamente deplorable. Y se inició un procedimiento judicial contra ellos.
Al señor juez, vaya usted a saber por qué, mi marido le debió resultar sospechoso, como también resultaron sospechosos el chófer del supuesto mafioso, la administrativa que trabajaba en la empresa, una de las productoras, dos de los diseñadores gráficos y otros cuantos que pasaban por allí, así que decidió imputarles en el proceso judicial abierto, para concederles así su derecho a defenderse (o eso es lo que ponía en el auto) y ya de paso quitarles para siempre su dignidad, su empleo y su posibilidad de encontrar otro.
Mi marido por aquel entonces, cuando se iniciaba el procedimiento judicial, era funcionario eventual en un Ayuntamiento de un pueblo andaluz. Ocupaba un puesto de confianza de asesor de un Concejal. Era la única oportunidad que le había brindado el partido político en el que militaba, a pesar de llevar más de 15 años dedicándose en cuerpo y alma a la política, que era su vocación, y tras haber ocupado puestos de relevancia en la estructura interna del partido en su versión “infantil” durante un montón de años.
Como el procedimiento saltó a la prensa y comenzaba a salpicar a los políticos, al señor Alcalde no le gustó tener a un imputado en sus filas, aunque fuera de lejos y no tuviese nada que ver con los personajillos del PP que cobraban comisiones ilegales, así que decidió convocar una rueda de prensa para decir que le cesaba de su cargo.
Hizo un incalculable daño a nuestra familia en aquel momento ver aquel espectáculo en todos los periódicos, aquella lapidación en la plaza pública de un pobre señor que pasaba por allí, pero lo peor de todo es que las nuevas tecnologías no ayudan nada en este sentido y dejan la huella imborrable en el caché de internet para que nunca jamás, ni siquiera nuestros nietos, se puedan olvidar de aquello.
Y aquí nos encontramos ahora, casi 3 años después, siendo “presuntos culpables”.
La justicia imputa a las personas en procedimientos judiciales y, teóricamente, hasta que no se celebra el juicio, una persona no es culpable de nada. Y digo teóricamente, porque, sin embargo, la sociedad, desde el momento en que imputan a alguien, le convierte en “presunto culpable” hasta que no se demuestre lo contrario, eliminándole toda oportunidad de demostrar su valía y su competencia para dejar en manos de los jueces la decisión sobre su culpabilidad o inocencia. Si los “presuntos culpables” están excluidos de la sociedad sin posibilidad alguna de reinserción, que no nos vendan esa palabra para los pobres procesados, porque eso ya no me lo puedo ni imaginar.
A todo esto hay que añadir que en la mayoría de los casos los juicios tardan en celebrarse diez años o mas, con lo que la vida de uno se paraliza durante todo ese tiempo, en nuestro caso encima en la etapa de plenitud laboral.
Lo curioso es que a los asesinos y a los violadores, hasta que se celebra el juicio, en los periódicos se les pone sus iniciales y no su nombre completo, mientras sean “presuntos”, con lo que sus vidas pueden seguir su cauce hasta que se celebre el juicio.
A cambio, a la gente corriente que supuestamente podría haber cometido un delito fiscal por demostrar, y siempre que haya un partido político implicado en el asunto, la pasean impunemente por las portadas de todos los diarios con la foto del Facebook robada y con todos los apellidos, con el daño que hace eso de por vida. Cierto es, que el primero que filtró a los medios el listado completo de imputados, la mayoría de ellos anónimos, y les privó de su vida y su autoestima para siempre, fue el propio juez.
Hoy tenemos 3 hijos pequeños y una hipoteca de las gordas, porque antes del día “D” las cosas iban bien y el precio de la vivienda estaba en su máximo histórico. También estamos sin clientes en la empresa que mi marido se montó para sobrevivir, porque estamos en plena crisis, y sin posibilidad de encontrar un empleo porque nuestro, casi siempre amigo, Internet, no perdona, ni tampoco coloca las noticias por orden de si son verdad o no, o de si son “presuntas noticias” o si ya están confirmadas.
A mi marido nadie le va a devolver nunca lo que hasta ahora le han robado ni lo que le queda por pasar. Ha perdido su dignidad, su honra y toda posibilidad de encontrar un empleo, porque si esta vez que todo estaba a favor, la imputación ha pesado tanto como para negociar su despido antes de firmar el contrato, no imagino la de procesos de selección de los que le han descartado en primera ronda.
Es una pena lo que se pierde Usted para su empresa, porque no va a encontrar empleado más noble, más honrado y mas leal, competente y competitivo, buen compañero y sobre todo con unas excelentes ideas y muchísima habilidad e inteligencia.
Es una pena que ese día, esa especie de juez publicase aquella lista de personas, muchas de ellas anónimas hasta ese momento, en todos los medios de comunicación, sin pararse a pensar que no era necesario hacerlo. Y es una pena que la prensa haya entrado en ese juego meramente político como un toro que entra al capote, dejando en su camino tantos heridos que como nosotros se están quedando sin resuello.
Siento mucho escribir esta carta, Sr. López, porque Usted no tiene culpa de nada de todo esto, de hecho mi marido me ha hablado estupendamente de Usted y dice que le entiende. Pero si hubiese hecho las cosas como se deben hacer, al menos no habría entrado el cuchillo por la misma herida que no consigue cerrar, provocando nuevamente una hemorragia que cada vez es menos profusa, porque cada vez queda menos sangre y menos vida. Si hubiese hecho las cosas como se deben hacer, no habría provocado tanto dolor a toda nuestra familia y amigos, que se han quedado desolados ante la falta de humanidad.
Espero que en el futuro se vuelvan a encontrar, y que para entonces las cosas sean diferentes y puedan incluso hacer negocios juntos, porque yo no he perdido aún la fe y se que él vale muchísimo y llegará lejos. Eso sí, cuando se lo permitan, claro.
Y espero que en su empresa no vuelvan a cometer el mismo fallo y que busquen el historial de los futuros empleados antes de decirles que comienzan el día 1 y de que lleguen con su americana y su portafolios a comenzar la que iba a ser su primera jornada de trabajo.
A mí solo me quedaba el derecho al pataleo, así que lo he ejercido. Por supuesto mi marido no está al corriente de esta carta, de hecho si se entera me regañaría muchísimo.
He cogido su dirección de correo electrónico de internet, ese pozo de sabiduría que no entiende de justicia o injusticia y que no da derecho a la intimidad a nadie, y me he permitido el lujo de expresarle mis sentimientos.
Muchas gracias por haber leído hasta aquí y perdone si le he ofendido en algún momento, porque en absoluto era mi intención hacerlo.
Deseo de todo corazón que le vaya bien en la vida y que nunca se equivoque nadie con usted.
Un saludo,