viernes, 17 de diciembre de 2010

Mi vida sin bolso

No se exactamente de dónde procede la costumbre de que las mujeres lleven bolso. A lo mejor está escrito en nuestro código genético, o más probablemente procede del “manual de usos y costumbres” de nuestros antepasados, pero lo cierto es que desde bien pequeñitas, los juegos de las niñas han ido siempre vinculados a un carrito, un bebé, un bolsito colgado del brazo y nuestros pequeños pies dentro de los tacones de mamá tropezando por todas partes y metiendo un ruido infernal.
Luego nos fuimos haciendo mayores y ya en la adolescencia empezamos a llevar el bolso para meter el maquillaje para pintarnos en los escaparates de las tiendas cuando no queríamos que nuestros padres supieran que nos pintábamos, las llaves de casa, un monederito con el dinero justo para salir, el bono bus y el DNI falsificado para poder entrar en las discotecas.
Lo malo es que el bolso va creciendo a medida que vamos cumpliendo años, y cada vez llevamos más cosas y una cartera más grande para meter todas las tarjetas de crédito, las tarjetas sanitarias de los niños, los tíquets de compra de las tiendas, las fotos de carnet del primer día de cole… A esto no contribuye nada hoy en día las tiendas, que se han puesto de acuerdo para crear tarjetas de fidelización mediante las cuales una vez al año te ahorras 1,5 euros y que hacen engordar la cartera hasta que parece la barriga de Obélix.
Esta situación se agrava en “el bolso de los sábados”, ¡Eso ya más que un bolso parece una chistera! Además de los útiles habituales aprovechas para incluir en el bolso todos los “por sis”: una botella de agua “por si” el niño tiene sed, una libreta y unos lápices “por si” dan la coña en el restaurante, un pañal “por si” el niño se hace caquita, unas galletas “por si” nos da la hora de la merienda. A esto hay que unirle que nuestros maridos nos dicen eso de “anda mete esto en tu bolso que a mí ya no me cabe en los bolsillos”, y el bolso cada vez más lleno, y la espalda cada vez más torcida….
Después llegas el lunes a la oficina y cuando abres el bolso empiezas a sacar un gormiti, un playmobil, un chupete lleno de pelusas, un kleenex lleno de mocos infantiles, un plastidecor que me había pintado todo el forro, dos piezas de lego, un chupachús y no se cuantas chorradas más. Eso sí, ni un duro en la cartera para pagar el café…
Luego están los bolsos de las abuelas. Siempre me han hecho gracia las típicas señoras esas que cuando ven un niño llorar, por ejemplo en la consulta del médico, les sale la frase de “a ver, espera, a ver qué tengo por el bolso” y de repente sacan de ahí un sugus más duro que una piedra y se lo dan al niño mientras le hacen carantoñas.
Pues bien, esta semana he decidido revelarme ante la situación y convertirme en “un poco hombre” y aparcar el bolso en casa. Desde el lunes llevo lo mínimo en los bolsillos: Unos billetitos (pequeños, eh?) y monedas en el bolsillo del pantalón y el móvil y el abono transportes con una tarjeta de crédito y el DNI en la cazadora.
He de deciros que estoy encantada, y que ya está bien de heredar viejas costumbres machistas y que las mujeres llevemos la casa a cuestas perjudicando nuestra salud mientras que ellos van por la calle paseando tan cómodos.
De repente escucho el móvil cuando me llaman, puedo correr a coger el bus sin tener que agarrar el bolso con las dos manos, puedo dar la mano a mis dos hijos a la vez sin que el bolso acabe a la altura del codo bailando entre el niño y yo, puedo irme un día de compras sin llegar a casa con dolor de espalda y sin miedo de que me roben, porque no hay de dónde robar.
Lo mejor es que no he echado de menos ninguna de las múltiples cosas que han viajado conmigo día tras día todos estos años de casa al trabajo y del trabajo a casa.
En fin, que os recomiendo a todas las que leáis esto que probéis una semanita con este sistema, vuestras espaldas lo agradecerán

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