viernes, 17 de diciembre de 2010

Querido Papá

Madrid, 17 de noviembre de 2010



Querido papá,

Te escribo esta carta en este día tan especial para contarte lo muchísimo que te echo de menos, y lo que me gustaría poder tirarte de las orejas esta mañana y darte un gran abrazo, y machacarte a besos... En fin, todas ellas cosas imposibles, por lo que me he decidido a dedicarte un rato de mi tiempo recordándote mediante estas líneas.

Jamás pude imaginar cuantísimo te iba a echar de menos, y me sorprende ver que cada día que pasa, en vez de ir alejándome de tu recuerdo, te tengo cada día más presente y tengo aún más necesidad de ti.
Todos los días, pequeñas cosas me hacen recordarte. Esas pequeñas cosas se están convirtiendo en grandes para mí, porque gracias a ellas te siento más cerca.

Por las mañanas camino desde la salida de recoletos a la puerta de Alcalá y recuerdo esas tardes que me llevabais a patinar a recoletos mientras mamá y tú dabais vuestro paseíto de rigor con Currita incluida.

Cada vez que escucho la radio por la mañana te estoy imaginando metido en tu camita después de desayunar, tumbado de lado y bien tapado, escuchando a Luis del Olmo. Cuando vuelvo en coche y escucho las noticias del mediodía de onda cero, ya sólo con la sintonía estoy recordándote sentado en el sofá, vestido todo guapo, apagando el libro hablado y encendiendo la radio en el momento exacto de las señales horarias para escuchar los titulares mientras yo estaba poniendo la mesa.
Si paso por Vips o Hollywood, me acuerdo de cuando mamá y tú me llevabais a merendar y a cenar, e incluso cuando me llevabais al Mc Donalds de Fuencarral a pesar de no gustarte demasiado ese tipo de comida.
Cada domingo que vamos a comer a vuestra casa, estás ahí, pero no te vemos. Y muchas veces me pregunto qué estaría sucediendo en ese momento si tú pudieras intervenir en esas conversaciones en la sobremesa.
Yo misma me recuerdo mucho a ti, y hay veces que me miro en el espejo y veo tu silueta reflejada sobre la mía. También tengo muchas posturas que he heredado de ti, y que me salen de manera espontánea y de repente pienso "esta postura es de papá". Desde luego es increíble lo que hace la genética...
Pero además de la parte meramente física, mi forma de ser se parece también mucho a la tuya, a veces creo que soy un calco tuyo, porque somos personas de principios, un poquito intransigentes (o un muchito, no se...:-)) y con un sentido común casi enfermizo. Y me enorgullece parecerme a ti, a pesar de no ser todo ello cualidades, y a ratos pienso que estoy llamada a perpetuarte en el tiempo, a tratar de mantener la familia unida y a que se rija por los mismos principios con los que tú y mamá la fundasteis.
Algunos días vamos al pardo a comer, con familia o amigos, y en cuanto llego a la rotonda de la desviación a Mingorrubio ya empiezo a recordar momentos que he pasado contigo allí, y me recreo imaginándote allí, sentado en la terraza de la Flora Barragan tomando ese solecito tan agradable cayendo en las tardes de otoño.
Miles de recuerdos más inundan mi cabeza. Sólo hay que hacer un pequeño esfuerzo mental para que emerjan: de Asturias, el Gin tonic, tus disquisiciones con Manolo, tú cenando en la cocina con los machaquillas tomando sus cervezas en el porche, el "paseíto de la M-30" hacia el castillo, la puesta de sol en Las Palmeras cuando yo era pequeñita, las vueltas de la playa muertos de hambre adelantando camiones y comiendo avellanas, tu salida de la ducha oliendo a Alvarez Gómez,...
Por supuesto la comida ha sido siempre muy importante para ti, y forma un capítulo enorme dentro de esos recuerdos: el arroz con bonito, las patatas en ensalada, el pollo a la buena mujer, el horrible "filetajo" y esas patatas guisadas que "van a estar buenísimas pasado mañana"...
Expresiones como la de antes, me hacen pasar al siguiente capítulo, el de tus frases célebres en el que además de las anteriores están por ejemplo, "esto no es de recibo", "el que se mueve no sale en la foto", "mi hermana está como una maraca", "tu madre es como una mosca"... Aquí seguro que mamá, mis hermanos y los tuyos me podrían ayudar a completar y nos reiríamos un rato.  
También recuerdo con enorme cariño cuando tenía que estudiar historia, que no me gustaba nada, y tú me decías que te leyera el libro y luego me lo contabas como si fuera un cuento.
Echo de menos tus sabios consejos, tu cariño sin límites, tu enorme sentido del humor, tus charlas, tus orejas, siempre escuchando y archivando información, y por qué no, tus cabreos y tu mala leche que de vez en cuando aparecían y nos dejaban bloqueados.
Me da tanta envidia de mis hermanos y de tanta gente que ha podido disfrutar más que yo de tener un padre... porque yo sólo tuve el placer de estar contigo 27 años de mi vida, y me habría encantado que estuvieses conmigo unos cuantos más, pero sobre todo, me da mucha pena que te marchases sin esperarte a verme ya situada en Madrid, trabajando bien cerquita de vuestra casa, y poderte haber cuidado un poquito más. Sólo pasaron 5 meses desde que te fuiste hasta que conseguí mi traslado y eso me pesa muchísimo.
Desearía que hubieses conocido a los tres nietos que te han faltado por conocer, que además, para tu satisfacción, Jaime es clavado a ti, todo el mundo lo dice. Y te imagino viendo crecer con orgullo a todos tus demás nietos. Las chicas están hechas todas ellas unas "mises", guapísimas y son muy buenas niñas, y Clau, que era una de las que, junto con Sofía, "no te daba el beso", ahora tendría contigo larguísimas conversaciones, porque es una gran comunicadora y muy madura, y te habría gustado mucho pasar ratos con ella. Nachete está hecho un hombrecito, y mis  tres, qué te voy a decir yo de ellos...pues de Jaime ya te he dicho el enorme parecido que tiene contigo, y Lucía y Carmen son también fantásticas y estoy segura de que habrían formado parte de tu "club del beso", porque ¡se lo dan hasta a Manolo!
Mamá está fantástica. Te echa de menos y te sigue queriendo cada día, pero ya sabes que ella es "doña positiva" y puede con todo. Ella sabe encontrar siempre la manera de disfrutar de las cosas, y hay ratos que me quejo de que me hace poco caso, pero lo cierto es que SIEMPRE que hace falta está ahí, a nuestro lado.
En estos años han pasado muchas cosas, algunas de ellas te habrían hecho pasar muy malos ratos, pero pasados esos malos tragos, todo va rodado. Dejando a parte que no podamos estar contigo, somos una familia muy afortunada. Primero porque tenemos salud, que es imprescindible para ser feliz, y luego porque seguimos todos queriéndonos muchísimo. Mamá sigue haciendo "su puchero" dominical y todos sus pollitos nos acercamos a comer, como familia unida que se precie.
Yo creo que hoy por hoy, estarías orgulloso de todos nosotros, individualmente y como familia, porque seguimos manteniendo en nuestro corazón ese espíritu que nos habéis grabado a fuego y que nos hace ser diferentes a muchas otras familias, por el que nunca nos enfadamos entre nosotros, respetamos nuestras diferencias, siempre estamos pendientes los unos de los otros y lo pasamos muy bien todos juntos. Nuestro reto ahora como padres que somos está en trasladar estos principios a nuestros hijos, y tratar así de conseguir construir lo mismo que mamá y tú habéis construido: una familia que se quiere y está unida frente a todo.
Podría tirarme escribiendo rato y rato, me queda muchísimo que decir, pero por hoy creo que ya es suficiente, así que me voy a despedir de ti, prometiendo volver a escribir poquito a poco nuevos capítulos de tu vida y recordando, que es un ejercicio precioso que no siempre tenemos tiempo de hacer.
Un beso enorme.
Te adora tu niña,
Icíar

Mi vida sin bolso

No se exactamente de dónde procede la costumbre de que las mujeres lleven bolso. A lo mejor está escrito en nuestro código genético, o más probablemente procede del “manual de usos y costumbres” de nuestros antepasados, pero lo cierto es que desde bien pequeñitas, los juegos de las niñas han ido siempre vinculados a un carrito, un bebé, un bolsito colgado del brazo y nuestros pequeños pies dentro de los tacones de mamá tropezando por todas partes y metiendo un ruido infernal.
Luego nos fuimos haciendo mayores y ya en la adolescencia empezamos a llevar el bolso para meter el maquillaje para pintarnos en los escaparates de las tiendas cuando no queríamos que nuestros padres supieran que nos pintábamos, las llaves de casa, un monederito con el dinero justo para salir, el bono bus y el DNI falsificado para poder entrar en las discotecas.
Lo malo es que el bolso va creciendo a medida que vamos cumpliendo años, y cada vez llevamos más cosas y una cartera más grande para meter todas las tarjetas de crédito, las tarjetas sanitarias de los niños, los tíquets de compra de las tiendas, las fotos de carnet del primer día de cole… A esto no contribuye nada hoy en día las tiendas, que se han puesto de acuerdo para crear tarjetas de fidelización mediante las cuales una vez al año te ahorras 1,5 euros y que hacen engordar la cartera hasta que parece la barriga de Obélix.
Esta situación se agrava en “el bolso de los sábados”, ¡Eso ya más que un bolso parece una chistera! Además de los útiles habituales aprovechas para incluir en el bolso todos los “por sis”: una botella de agua “por si” el niño tiene sed, una libreta y unos lápices “por si” dan la coña en el restaurante, un pañal “por si” el niño se hace caquita, unas galletas “por si” nos da la hora de la merienda. A esto hay que unirle que nuestros maridos nos dicen eso de “anda mete esto en tu bolso que a mí ya no me cabe en los bolsillos”, y el bolso cada vez más lleno, y la espalda cada vez más torcida….
Después llegas el lunes a la oficina y cuando abres el bolso empiezas a sacar un gormiti, un playmobil, un chupete lleno de pelusas, un kleenex lleno de mocos infantiles, un plastidecor que me había pintado todo el forro, dos piezas de lego, un chupachús y no se cuantas chorradas más. Eso sí, ni un duro en la cartera para pagar el café…
Luego están los bolsos de las abuelas. Siempre me han hecho gracia las típicas señoras esas que cuando ven un niño llorar, por ejemplo en la consulta del médico, les sale la frase de “a ver, espera, a ver qué tengo por el bolso” y de repente sacan de ahí un sugus más duro que una piedra y se lo dan al niño mientras le hacen carantoñas.
Pues bien, esta semana he decidido revelarme ante la situación y convertirme en “un poco hombre” y aparcar el bolso en casa. Desde el lunes llevo lo mínimo en los bolsillos: Unos billetitos (pequeños, eh?) y monedas en el bolsillo del pantalón y el móvil y el abono transportes con una tarjeta de crédito y el DNI en la cazadora.
He de deciros que estoy encantada, y que ya está bien de heredar viejas costumbres machistas y que las mujeres llevemos la casa a cuestas perjudicando nuestra salud mientras que ellos van por la calle paseando tan cómodos.
De repente escucho el móvil cuando me llaman, puedo correr a coger el bus sin tener que agarrar el bolso con las dos manos, puedo dar la mano a mis dos hijos a la vez sin que el bolso acabe a la altura del codo bailando entre el niño y yo, puedo irme un día de compras sin llegar a casa con dolor de espalda y sin miedo de que me roben, porque no hay de dónde robar.
Lo mejor es que no he echado de menos ninguna de las múltiples cosas que han viajado conmigo día tras día todos estos años de casa al trabajo y del trabajo a casa.
En fin, que os recomiendo a todas las que leáis esto que probéis una semanita con este sistema, vuestras espaldas lo agradecerán